LOS PAYASOS

Siempre resulta grato presenciar esperpentos teatrales en mitad de las calles, con actores y actrices espontáneos y muy verosímiles en sus papeles de penitentes/as arrepentidos/as. Tal vez es que se han pasado el año pecando como demonios o arpías televisivas.

Siempre me he preguntado acerca de la capacidad de autohipnosis que distingue a esos millones de personas, dispuestas y entrenadas cada año, por estas fechas, no solo a exteriorizar un presunto amor, devoción y éxtasis ante las imágenes religiosas del catolicismo más sangriento, sino a flagelarse como buenos masoquistas.

Siempre quedé petrificado ante los desfiles de la Legión, abrazados y entregados al noviazgo con la Muerte, llevando a Cristos crucificados a ritmo de tam tam, con cabra y sin cabra, mientras cientos de fieles encapirotados prestan a esa larga ceremonia toneladas de aire tétrico.

Siempre me he divertido enormemente ante las esplendorosas escenas de mujeres y hombres, en pleno ataque de devoción gestualizada hasta el máximo, desgarrando sus gargantas con gritos sobre lo Grande, Única y Libérrima que resulta la conmemoración de una leyenda jamás demostrada históricamente. Es el triunfo de la fe. Y eso, dicen, es creer lo que no vimos.

Siempre me he refocilado viendo a los sufridos voluntarios que llevan a hombros “los pasos” y “tronos”, típicos de esta Semana de Pasión, abandonando su posición durante unos minutos, para echarse al gañote un trago de whisky o coñac, ginebra o vodka, vino o derivados, para regresar al currelo y acabar derrengados, pero orgullosos del deber cumplido.

Nunca he participado en estas sorprendentes ceremonias repletas de lágrimas y griterío, porque mi agnosticismo superó al inútil ateísmo en una cómoda reflexión de dos minutos. Y menos aún, cantar una saeta, aunque fuera de Machado.

Pero lo más divertido es contemplar el pánico que todos esos millones de devotos y píos/as creyentes ante su propia muerte.

En esos momentos, en los que deberían alzar sus brazos hacia el cielo, sonriendo ante la próxima visita a su Paraíso, se aferran a las sábanas con el pavor clavado en la mirada, berreando ante lo inevitable, porque en esos momentos saben que se han pasado la vida mintiéndose a sí mismos sobre otra existencia eterna.

Como se cantaba en la ópera “Los Payasos”, de Ruggiero Leoncavallo, “La commedia è finita”. Se acabó la comedia y desaparecieron como por ensalmo la pasión, la devoción, la fe… y el maquillaje.