Hace décadas que quienes creemos en la democracia participativa nos preguntábamos cómo era posible que una nación como los EEUU de norteamérica figurasen en el Consejo de DDHH de Naciones Unidas, dado que es el país donde se perpetran más crímenes policiales, violaciones, masacres, ejecuciones, etc., además de erigirse en el que más invasiones y bombardeos ha protagonizado fuera de su territorio, generando millones de víctimas inocentes.

Por ello resulta gratificante que los líderes de esa república federal hayan decidido, bajo el reinado de un ultraderechista como Donald Trump, retirarse de ese organismo internacional.

Pero naturalmente no se trata de un ejercicio de coherencia política, sino de una salida presuntamente caballerosa, que la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, explicó, acusando al Consejo de ser “una organización que no es digna de su nombre”.

La rabieta del ejecutivo yanqui no obedecía a las ya conocidas victorias de Cuba en esa materia, campeona en el cumplimiento exquisito de tales derechos, principalmente en educación, sanidad o igualdad, sino después de que el alto comisionado de la ONU, Zeid Ra’ad Al Hussein, criticara de forma suave, pero directa, al gobierno del presidente Donald Trump por separar a los niños migrantes de sus padres.

El cabreo del millonario, al que hace 48 horas rendían pleitesía en la Casa Blanca un tal Felipe de Borbón y su tronca Letizia,  fue de tal magnitud que Donald ordenó la retirada urgente del Consejo, aunque precisando que, además del comentario de Al Hussein, la decisión se adoptaba porque ese organismo mostraba una “parcialidad crónica contra Israel”.

El colofón del comunicado verbal de la funcionaria Haley, como era de esperar, fue insultar a los gobiernos de China, Cuba, Venezuela y la República Democrática del Congo, tildándoles de “violadores permanentes de los DDHH”, lo que provocó alguna sonrisa y comentarios como “¿Y no cita a Arabia Saudita, o a Marruecos?”

Tomamos esta decisión porque nuestro compromiso no nos permite ser parte de una organización hipócrita e interesada que se burla de los derechos humanos”, aseveró Haley.

Al lado de Nikki se sentaba el canciller Mike Pompeo, quien algo más realista reconoció que: “El Consejo ha sido un defensor eficiente de los derechos humanos, pero...”. Lo evidente fue que cuando Israel es reprendido por sus crímenes, la Casa Blanca hace suyo el berrinche de ese criminal llamado Benjamín Netanyahu.

Sin  embargo, la bravata no tiene visos de ser definitiva, algo que millones de personas veríamos con alegría y alborozo. Haley nos dio un disgusto al señalar que la decisión “no tiene que ser permanente” y agregó que “si el Consejo adopta las reformas, entonces estaríamos encantados de reintegrarnos”.

Es decir, se abre un tiempo en el que EEUU, junto a Israel y probablemente el Reino Unido, Francia, Suecia, Australia, Colombia, Argentina, Chile, España y otros estados colaboradores del IV Reich, presionará con todo su arsenal diplomático para que el Consejo de DDHH se convierta en todo lo contrario; es decir, en la sede de quienes patrocinan invasiones, revoluciones de colores varias, masacres, mentiras mediáticas y golpes de estado.

Que la democracia camina al revés, desde el final de la II Guerra Mundial,  es un hecho consumado.

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