Si Valle-Inclán estuviera vivo, disfrutaría recreando literariamente todo lo que acompaña nuestro procesamiento en el Tribunal Supremo.

Valle-Inclán es el autor de referencia de los ‘esperpentos’, retablos literarios de los vicios de la vida social y política española a caballo del XIX y el XX.

El ruedo ibérico“, novela de referencia del esperpento, podría hoy tener una nueva aportación a la trilogía con un relato que podría llevar por título “Los tribunales supremos”.

Si no fuera por los nueve meses que hace que estoy encerrado en prisión preventiva, viviría todos estos episodios de los tribunales españoles (incluyo también la Audiencia Nacional) como una curiosidad, una variación del siglo XXI del ‘Spain is different’.

Pero lamentablemente no puedo vivir así. Son muchos los derechos conculcados, son varios los recursos presentados que están en el Tribunal Constitucional, pendientes de resolución desde hace meses, y en espera de que se resuelvan queda bloqueado también nuestro acceso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

El tiempo pasa y las puertas de la cárcel siguen cerradas. Y el relato de la violencia, imprescindible para sostener la rebelión, se impone sin convicción. Ni ellos se lo creen, pero les da igual.

Para evitar que seamos diputados, nos mantienen en prisión acusados ​​de rebelión y sedición. ¿Quien nos resarcirá cuando caiga de la acusación la rebelión? ¿Quién pedirá responsabilidades al juez Llarena y el resto del Tribunal Supremo cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos anule toda esta causa? ¿Con qué argumento nos juzgarán a quienes estamos en la cárcel, cuando los tribunales europeos deberán impedido que se juzgue por estos delitos el presidente Puigdemont y demás exiliados?

No hemos tardado nada en ver que los dirigentes nacionalistas españoles desbarran contra Europa, la justicia alemana, belga, británica y suiza, y solicitan una revisión del espacio Schengen. Ellos, que nos acusaban de querer salir de Europa, han sido los primeros en apelar al ‘Santiago y cierra España’.

Hoy, gracias a la justicia alemana, podemos decir, más alto y más claro que nunca, que no hubo ni rebelión, ni sedición ni siquiera desórdenes públicos.

Es la mirada de un tribunal equidistante, objetivo en cuanto a sus intereses, emocionalmente no implicado. Es la sentencia de un tribunal que, a diferencia del magistrado Llarena, no se siente amenazado, no ha verbalizado sufrimiento, es decir, no ha perdido objetividad.

Ahora, más que nunca, toca exigir y defender nuestra libertad. El Tribunal Supremo no tiene excusas. La fiscalía tiene una oportunidad para no alargar el despropósito vivido hasta ahora. Ni el despropósito ni la injusticia.

Es la hora de terminar el esperpento, de evitar alargar el dolor y la tensión que provoca la prisión preventiva. La decisión de los tribunales alemanes es una oportunidad para hacer que la política recupere centralidad y la judicialización pierda protagonismo.

Es el momento de recuperar nuestra libertad!

Centro Penitenciario de Lledoners, 13 de julio de 2018

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