El nuevo aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001 (9/11) fue conmemorado en los Estados Unidos y en todo el mundo por los medios corporativos, para mantener viva la leyenda sobre esa luctuosa fecha.

Sin embargo, la narrativa oficial no solo está plagada de contradicciones y mentiras, sino que cualquier sospecha sobre este cuento de hadas le puede costar la vida a los detractores de la versión gubernamental.

Los “teóricos de la conspiración” funcionan como un arma de destrucción masiva, lo que significa que nadie de la clase dominante y sus siervos en los medios de comunicación se desviarán una pulgada de la historia ya aceptada.

Un cuarto de hora después de los impactos en las Torres Gemelas, Osama bin Laden apareció como responsable del desastre. El presidente George W. Bush declaró poco después de que Estados Unidos “está bajo ataque“.

La versión oficial se difundió horas después, diciendo lo siguiente:

Como resultado del impacto de los aparatos sobre los edificios siniestrados y los incendios resultantes, ambas torres colapsaron poco después sobre su propio terreno, causando muertes masivas. Murieron casi 3.000 personas.

Poco después se acusó a Bin Laden y su red de al-Qaeda de concebir, planificar, financiar y coordinar los atentados.

La rapidez con que se difundió el comunicado resultó sospechoso y esa sombra rodea el contexto general de aquel 11 de septiembre. Se puede afirmar con certeza, que la historia que se hizo creer al mundo es falsa de principio a fin.

EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001 COMENZÓ EN LOS EE.UU. UNA ETAPA DE FAKE NEWS CUYO RESULTADO SIGUE GOLPEANDO LA DEMOCRACIA Y LOS DERECHOS HUMANOS

Para comenzar, no existe ni un gramo de veracidad sobre la identificación de los presuntos secuestradores. Siguiendo con el cuento del colapso de las Torres Gemelas causado por el fuego, argumento rechazado por inverosímil una y mil veces.

Ambos rascacielos fueron derribados merced a una demolición controlada, que pulverizó los 110 pisos. Además, el WTC 7 que no fue golpeado, se derrumbó en caída libre.

Dicen que otro avión se estrelló contra el Pentágono. Este bulo no tiene sostén porque no se encontró en ese edificio ni un cadáver del supuesto piloto. Aún más inverosímil fue la desaparición del vuelo 93 de United-Airlines en un campo cerca de Shanksville, Pensilvania. No existían restos, ni huellas de la caía del aparato. No había nada.

En el lapso de un mes, los restos de los aparatos estrellados contras las Torres se vendieron en el extranjero para evitar un análisis e impedir la investigación.

Desde el principio, la administración Bush & Cheney saboteó cualquier indagación seria y minuciosa. Sin embargo, el encubrimiento fue creado y supervisado por el entonces Director del FBI, Robert Mueller, el infame responsable de los rumores jamás demostrados sobre la injerencia rusa en las elecciones donde se confirmó la victoria de Donald Trump.

George W.Bush fue presionado por el Congreso y la opinión pública para nombrar una comisión especial que aclarase los hechos, designando nada menos que al personaje más inmoral de la política estadounidense del siglo XX: Henry Kissinger. La indignación que supuso el nombramiento fue de tal calibre que Kissinger tuvo que renunciar.

El 17 de diciembre de 2002 se propuso al ex gobernador de New Jersey, Thomas Kean, como presidente de la comisión. Los demócratas nominaron por su parte a Lee H. Hamilton, y finalmente, el director ejecutivo de ese organismo sería Philip Zelikow, la figura más poco confiable que Bush pudo encontrar, ya que estuvo involucrado en las mentiras sobre las armas de destrucciòn masiva en Irak.

En consecuencia, el Informe de la Comisión del 11 de septiembre no valía ni el papel en el que estaba escrito.

Ni los testigos que reportaron las extrañas explosiones durante el colapso de las Torres Gemelas, ni los testigos que desmintieron la existencia de escombros en Shanksville fueron escuchados.

En cambio, Zelikow defendía la claridad y veracidad de su informe mientras algunos miembros de esa comisión se cubrían el rostro ante lo vergonzoso del resultado. Sin embargo, el gobierno declaró como verídico y oficial lo que allí se afirmaba, encubriendo lo que realmente sucedió el 11 de septiembre. Este informe era solo una broma siniestra, pero el mundo no tenía otra opción que creer lo que en él se decía.

El 11 de septiembre fue un golpe perverso de propaganda, sin precedentes en la historia. La leyenda oficial del 11 de septiembre estaba lista para ser promovida en todo el mundo. Fue concebida antes de los eventos y confirmada por el Congreso de los EE. UU., pero sus autores todavía no comprenden cómo el mundo occidental se tragó ese bulo tan enorme como mendaz.

Los principales sospechosos del atroz atentado cometido el 11 de septiembre no se encontraban escondidos en las cuevas de Afganistán, sino en las oficinas gubernamentales en Washington.

La tragedia fue diseñada como un espectáculo de terror, con una duración de 90 minutos, casi como una película. El brutal asesinato masivo escondía un objetivo: reunir al pueblo de los EEUU en torno a la bandera y a su presidente. Y los medios promovieron la versión oficial día tras día.

Incluso los izquierdistas capitularon ante este lavado de cerebro. Nadie de la supuesta progresía de la nación exigió evidencias sobre que el gobierno de Irak o el de Afganistán o el Movimiento Talibán tuvieran algo que ver con el 11 de septiembre.

Lo peor fue que, cuando las pruebas aportadas desmentían aquel informe, demostrando que existía una versión diferente y mucho más creíble, esa izquierda se mantuvo callada y se tragó voluntariamente al cuento de hadas de Bush, calumniando a quienes desde el comienzo criticaron al presidente y a la Comisión con argumentos y evidencias más que respetables y veraces.

No se puede conmemorar el mito del 11 de septiembre, porque el pueblo estadounidense y los de todo el mundo deberían exigir una investigación independiente sobre el 11 de septiembre.

Debemos levantar la cortina de mentiras sobre este crimen organizado, que sumió al mundo en una guerra interminable contra el terror, dirigida contra los pueblos del llamado Tercer Mundo.

Mientras los funcionarios, los militares, las agencias de inteligencia, los medios periodísticos y el poder judicial cooperen con los gobernantes del régimen asesino de los EEUU y sus títeres en otros países, la seguridad física de los ciudadanos comunes está en peligro.


https://ahtribune.com/us/3463-the-911-legend-lives-on.html